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Aurelia en: "Ella"


"La insoportable levedad del ser", Philip Kaufman, 1988.

Ella siempre tuvo la facultad de pensar como un hombre. Primero está el trabajo, después viene todo lo demás. La crisis del 2001 le pegó fuerte. Desde afuera hacia adentro. Estudió algo que no servía para nada, no le daba para comer y no era de mucha utilidad para los demás. Desilusionada, consiguió cualquier trabajo para sobrevivir. El problema concreto era que el país se había ido a la mierda y había mucha gente desocupada que se estaba cagando de hambre. Ella lo vio venir, lo único en que se había entrenado era en percibir la temperatura de la realidad política. Estaba al rojo vivo. Los buitres se habían repartido los despojos, ahora quedaban los restos de una matanza encubierta. Cientos de personas en la calle revolviendo los tachos de basura. Niños, mujeres y hombres con sus changuitos de supermercado caminando desde provincia en busca de la basura de la gran ciudad, separando papel y cartones para recibir 0.20 centavos el kilo. Si ella hubiera estado en esa situación, definitivamente hubiera salido a robar. Creía flaquear su dignidad, sin embargo podía sentir una profunda admiración por los “cartoneros”. Ella no era así, no tenía esperanza para seguir caminando. Tenía que hacer algo, se sumó a una olla popular para acompañar la vigilia, de alguna manera egoísta, necesitaba sentirse útil. Volvió a ir a las villas. En esa época se reencontró con Ariel un viejo conocido que estudiaba ciencias políticas. En Villa Fiorito no había agua potable, el hacinamiento llegaba hasta el río donde las napas vertían agua salada. Alzó bebes con sarna, y conoció varias familias, algunas de padres casi adolescentes con varios hijos con HIV. “Los niños acá, nacen marcados” decía Estela, la directora del jardín de infantes Pajarita de Papel. “Si no los mata la policía cuando tienen quince años los destruye el paco o se matan entre ellos. Lo único que les podemos regalar, es el recuerdo de esta etapa.” Nada parecía suficiente. Era terrible llegar a la villa y encontrar cerrado el jardín de infantes por luto.

Estuvieron dos años trabajando en conjunto con amigos. Luego cada uno siguió otro rumbo. Ella necesitaba articular con algo de lo que había aprendido.

Cuatro años después se encontró con Ariel en la entrada de un recital, un año más tarde la llamó para que lo ayudara a editar un material. Seis meses pasaron y le encargó otro trabajo. Sin darse cuenta, esa noche durmieron juntos. No sé porqué antes no se habían visto. Quizás no fue el momento. Quizás ella necesitaba tiempo para sentir que podía volver a vivir. La sorprendió la conexión con la que hicieron el amor. La ternura en la mirada de sus ojos. La manera en que le regaló su almohada. Ella sabía que él no era un hombre de los que se quedan. Siempre lo supo. A la semana siguiente se citaron en el microcentro para entregarle el trabajo terminado, era el único espacio que encontraron disponible, una mañana a las 8.30hs. El la invitó a desayunar, compartieron el diario y lo comentaron. Sus manos se tocaron entre las medialunas y el café con leche. No se dijeron nada. Se despidieron. Ése fue el último momento de intimidad.

Ella está en pasado. Pienso en ella. Que ya no es la misma. Porque no soy la misma.


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Aurelia en: "soundtrack"


Alta Fidelidad, Stephen Frears.

No soy la misma. Ni para mí, ni para nadie. No soy la misma desde ayer.
Ni la misma del otoño pasado. Ni tampoco para mi madre que me puso el nombre de mi abuela vazca que tocaba la pandereta como si tuviera el sol en las manos. Ni tampoco para mis amigas que me rebautizaron.
Sé quien no quiero ser. Para mí abril es el mes de mi cumpleaños.
Eso sí, siempre fui rara.
Siempre cambie los regalos de cumpleaños; la plata por la entrega de diseño, la cartera por la mochila, esta vez, la pollera por el mp3. Me decidí a dejar el mundo de las ideas por el puro pragmatismo. A dejar de caminar por las calles con el ritmo acelerado que taladraba mi cabeza. Quiero pasar a vivir dentro de una banda de sonido. Así como en paralelo. Detenida en la dimensión desconocida de las múltiples posibilidades del alcance de la memoria.
Me acuerdo del recital, de ese abrazo que me diste en el ascensor y que interpreté como un abrazo de despedida. Ahora me da bronca porque prefiero los finales coherentes. Detesto el habernos convertido en dos personajitos boludos de esas películas indie
s sin ninguna estructura de relato. Sin un propósito concreto. Se me raya el disco. Se me angustia el esófago. Se cuelga la Internet. No puedo soportar extrañar lo que no fue. Que las imágenes no correspondan con mi soundtrack. Ni las expectativas con los recuerdos. Como cuando vuelvo a Baires y escucho por el mp3 The Carpenters mientras el colectivo sube por la plataforma de Retiro después de haber pasado por la villa 31.