Mostrando entradas con la etiqueta tretis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tretis. Mostrar todas las entradas

Laura en: La espía que no amó.

Son las 18hs un día de semana y estoy esperando el subte en el andén de la línea A. Tomar el subte a esta hora es un suplicio comparable con los trenes de Tokio. Pienso que me equivoque de profesión. Que tendría que haber sido una renegada o una espía profesional y obtener lo que quiero por medio de la violencia, el engaño o aparatos súper tecnológicos. Eso hoy estaría más acorde conmigo. Fui domesticada, para luego ser expulsada del modelo de mujer de los años ’50 y echada a mi suerte, y ahora no puedo volver. Quisiera poder ser yo misma, despreocupada de todo; que los sujetos con los que estoy se quedasen sin problemas a dormir conmigo, y levantarme silbando una canción de Doris Day mientras les preparo scons recién horneados… Pero en cambio me sale ahuyentarlos o escabullirme con una falsa identidad.

Llega el subte. Casi como luchando por mi vida subo al vagón. Vengo arrastrando unos días negros y pienso en repartir sopapos y bombas molotov a diestra y siniestra. Para colmo viajo apretujada como una sardina enlatada. El vagón se detiene y una nueva ola de victimas empuja por entrar mientras se reacomoda este tretis humano que es el vagón. A cada milésima de segundo la realidad me da más razones para dejar de creer en la raza humana y aceptar mi misión de dominar el mundo, cueste lo que cueste.

La marea humana va y viene. Quedo casi enfrentada a un sujeto. Lo miro y pienso “¡Epa!... que lindo sujeto”. Me hago la distraída en un espacio donde es imposible hacerse la distraída. Estoy pegada a él, cuerpo contra cuerpo, y puedo sentir su calor. Me pongo colorada. No puedo ponerme colorada, él va a descubrir mi verdadera identidad si bajo mis defensas. Sujeto-que-esta-bien me sonríe. Pienso que mi misión se podría ir a la mierda si me pierdo en su mirada. Llega mi estación y tengo que atravesar ese muro humano hasta llegar a la puerta. “Permiso, permiso”, trato de mover a esas animas inmóviles. Sujeto-que-esta-bien, inesperadamente, me toma del brazo y como sacándome de las profundidades me ayuda a atravesar ese océano de personas. La marea me arrastra hasta la puerta y no me da la posibilidad de decirle que si quiere me olvido de mi misión, que se baje conmigo que le preparo los scons y además le convido de mi mermelada casera de frutilla. Encallo en el andén y las puertas del subte se cierran nuevamente mientras él me sonríe fundido entre otros cientos de rostros. El subte arranca y otra oportunidad que se va.

Tendría que reportarme a la Base Central y averiguar dónde es que vive, vestirme de negro e irrumpir sigilosamente en su morada por la noche para decirle que no se preocupe, que no voy a matarlo (al menos no en el sentido literal de terminar con su existencia), sino que estoy allí por otros motivos. Él se sorprendería con mi presencia porque, por supuesto, es informante para la agencia enemiga. Tendríamos una lucha cuerpo a cuerpo que estaría cargada de una alta connotación sexual hasta que finalmente, en vista que somos dignos oponentes, la pelea terminaría cuando nace el amor fortuito entre nosotros mientras me besa y me arranca violentamente toda la ropa. Así tendría que haber sido. En cambio, subo sola por la escalera mecánica del subte pensando que tengo que pasar por los chinos porque se me acabó el Mr.Músculo… ... Cómo me equivoqué de profesión…



[ Foto: Mr. & Mrs. Smith, de Doug Liman ]

Consuelo en: "De vez en cuando la vida..."




"Tiempo de valientes"
Dir: Damián Szifron
2005



Él se fue, yo me quedé con la cama más grande que antes de que él durmiera ahí.

La gente dice que en tan poco tiempo no lo extraño a él, que me puede haber gustado la situación, las pilas, la onda, etc. Pero pasaron los días y me dieron ganas de que sus brazos me abracen, me dieron ganas de que me llame por teléfono para contarme sobre sus musiquitas, me dieron ganas de despeinarlo mientras maneja, me dieron ganas de ponerme en puntas de pie para poder llegar a su boca; a mi me parece que eso es extrañarlo, no me da igual él que otro. He comprendido algo que aún no puedo definir,  lo extraño pero no con tristeza.


Se terminó el bicentenario, la multitud, la confusión, el manoseo público.

Fue una semana en la que tuve mucha suerte, podría haber pasado cuatro días enteros llorando mientras la gente tenía una fiesta en mi vereda, pero vino desde una tierra lejana mi amiga Olivia.
Olivia es esa clase de amigas que cualquier mujer necesita. Es directa, concreta, honesta, tiene un corazón infinito para amarte y unas uñas largas como garras para defenderte.
Desaparecieron el desconsuelo y el desamparo. . . aparecieron las sonrisas mientras entre charlas me sentía como mil fichas de Tetris encajando perfectamente unas con otras, armándome o sintiéndome entera nuevamente que no sé si es lo mismo.

Tantas veces en momentos de tristeza desee que la vida fuera como el Juego de la Oca y me tocara volver al primer casillero y empezar todo otra vez. . . dice Nietzsche: "Benditos los que olvidan, aunque tropiecen con la misma piedra". Este fin de semana en cambio siento que la vida barajó y me dio de nuevo, que es distinto a retroceder o a olvidar.
  
Desde algún rincón escucho la voz de Olivia diciendo: "Basta de ir a inmolarte una y otra vez" y no puedo parar de reírme.