
Abrí un cajón de una cómoda y me encontré con una foto mía amarillenta y roída por el tiempo. Me contemplé durante largo rato porque no me reconocí. En la reproducción de la representación estática y estética de mi persona podía advertir que, en aquel entonces, tenía la mirada de quién cree tenerlo todo por delante. El corazón se me replegó. Hoy el espejo no me devuelve esa imagen de conquistadora de las tinieblas que solía tener. Casi cometo el crimen- gracias a las posibilidades tecnológicas- de sacarme una foto y compararlas. Un rapto de sensatez me detuvo, por suerte. Lo último que necesito en este momento de epifanía es además confirmar que no tengo la frescura juvenil y que el paso del tiempo ha sido cruel.
No fue casual que me encontrara con esa foto. No existen las casualidades. Hace tiempo que no soy yo misma. Hice un repaso general de mi vida desde que me separé de mi Ex. Recorrí mis últimas relaciones, desde el vínculo enfermo con Amigo-De-Un-Amigo-De-Un-Amigo, pasando por el suicidio emocional con Amistoso-Turista-Español, a la estupidez de Pseudo-Compañero-De-Trabajo, y por ultimo, mi momento actual de carencia absoluta de afecto y coherencia.
No sé qué fue, si la foto, el encierro o mi delirium tremens, pero todos me llevaron a tomar una determinación: me voy. Me voy un tiempo. No sé a dónde; no sé cuándo vuelvo. Necesito una resurrección. Necesito perderme para volver a encontrarme. Necesito silenciar esas voces que me atormentan, que no se callan. Necesito que dejen de gritarme en mi cavidad craneal y que el eco me ensordezca, para que empecemos a dialogar todas las Lauras y yo.
(Nos vemos en la próxima vida, diría el Irlandés.)
Esto no es un punto y coma; tampoco es un punto final. Es un punto y
aparte.
O a lo mejor, solo sean puntos suspensivos… … …
[ Foto: Una novia errante, de Ana Katz ]
Nunca me había preguntado lo que les pasaba a los hombres conmigo (o si les pasa lo mismo) hasta que hace unos días me encontré por la calle con Amigo-de-un-amigo-de-un-amigo… y fue revelador. Yo iba a toda velocidad haciendo zig-zag con el paraguas por una avenida céntrica cuando me lo encontré saliendo de un Pago Fácil. Él me llamo por mi nombre y yo me quede congelada en medio de la calle como si fuese ese juego de la infancia del baile de las estatuas: inmóvil, hasta que él me invitó a tomar un café.
Estamos en el café charlando de cualquier cosa cuando de buenas a primeras me dice: “No me llamaste nunca más, eh. Y yo que me estaba enganchando con vos, ¿sabes lo difícil que fue decirte que te quería?”. Y justo ahí, ahí mismo cuando lo tenía vulnerable frente a mi como para hacer lo que quisiera, como en una película que se rebobina y pone play de vuelta, me acordé de sus besos brujos, de su “estoy disfrutado de mi soltería”, de la fiesta en la que me dejó clavada y se fue con otra, de mi enojo y de las horas que invertí esperando(lo), y de esa ultima- y fatídica- noche en que estuvimos juntos y me dijo que me quería mientras estábamos desnudos en mi cama. Por supuesto que no lo tome en serio en ese momento, ¿por qué habría de haberlo hecho?. Pero ahora veía en el océano verde de sus ojos que me lo estaba diciendo de verdad. Que me lo había dicho de verdad. Que yo le había quedado pendiente. Que en algún lugar, en algún momento, él también se había enamorado de mí. Y que a mí, ahora, ya no me importaba.
Le sonreí sin saber que contestarle; ¿qué sentido tendría ahora explicarle que yo también lo quise, que me había enamorado, pero que él fue un imbécil que no se dio cuenta? O lo que es peor: se dio cuenta tarde. “Estuvimos desincronizados” me salió responderle, y me fui antes que llegara el momento de las promesas que ya ahora no vamos a cumplir.
Salí a la calle inundada y el viento me dio vueltas el paraguas. Mientras trataba de arreglarlo y me empapaba bajo la lluvia, pensé: “Que putada del destino estos amores a destiempo. El amor es tan desorganizado y breve, y sin embargo, es tan largo el olvido…”. Y así, con media certeza, salté el charco que me separaba de un amor al próximo.
[Foto: Les parapluies de Cherbourg, de Jacques Demy]

Cómo no sé que hacer ya con mi vida, me someto a la estupidez colectiva de hacer un test. Reconozco que me llegó en el momento justo y que el título de “¿es usted una persona adicta al sexo y el amor?” tenía gancho.
Pregunta: ¿Ha tratado alguna vez de poner un límite o un freno a sus actividades sexuales?
Respuesta: ¡Pero más vale que no! Si “la actividad sexual”, como usted lo define Sr. Test, está buenísima, ¿por qué querría ponerle un límite?
Pregunta: ¿Ha tenido relaciones sexuales en momentos, lugares o con personas poco adecuadas?.
Respuesta: Bueno, esa es una pregunta un poco intima, ¿no le parece?; no quiero ventilar mi privacidad… pero sí. Digamos que “sí” y “sí”
Pregunta: ¿Ha tenido o tiene relaciones sexuales sin pensar en las consecuencias?
Respuesta: ¡Ah, claro! El Sr. Test seguro que siempre piensa en las consecuencias antes de encamarse. Así seguro que se levantó a la Sra. Test. A ver: si supiera que los imbéciles después no me van a llamar no me acostaría con ellos; pero no tengo la bola de cristal.
Pregunta: ¿Reincide en relaciones sexuales que no le convienen?
Respuesta: Me parece un poco prejuicioso de su parte que me diga que querer volver a ver a un tipo que es evidentemente un tarado se lo pueda definir como “reincidir”. Diferenciemos “reincidir” de “seguir participando y ganar” y le empiezo a responder…
Pregunta: ¿Le resulta imposible dejar de ver a una persona concreta aunque sepa que esto le perjudica?
Respuesta: No entiendo la pregunta. Yo estoy siempre bien. A mi no me perjudica en lo más mínimo volver a ver a Persona-Concreta.
Pregunta: ¿Cree que su vida carecería de sentido sin enredos amorosos o aventuras sexuales?
Respuesta: … … … bueno, ehhh… no sé.
Pregunta: ¿Cree que los problemas que experimenta en su vida amorosa se deben a que no disfruta del tipo de relación sexual y amorosa "adecuada”?
Respuesta: Ehmm…
Pregunta: ¿Cuando está separado de su pareja sexual, le invaden sentimientos de inquietud o desesperación?
Respuesta: Bueno, ¿sabe qué, Sr. Test? Esta bien: sí. Sí. Me invade la inquietud de saber que carajo está haciendo que no esta conmigo. Me desespero mirando el teléfono pensando “¿por qué no me llama?”. Me inquieto, me salen canas y me tomo todo el té de melisa para compensar.
Pregunta: ¿No considera que su conducta en el terreno sexual y amoroso no es acaso tan absurda como machacarse la cabeza contra un muro?. ¿No termina agotado?
Respuesta: Ahora que me lo pregunta de esta manera le tengo que decir que sí, es verdad. Me doy la cabeza una y otra vez… Y no termino agotada: termino exhausta.
Pregunta: ¿Le resulta imposible concentrarse en otros aspectos de la vida a causa de pensamientos que tiene por otra persona o por el sexo?
Respuesta: Perdón, me distraje pensando… en otra cosa.
Pregunta: ¿Le obsesiona alguna persona o algún acto sexual concreto aunque estos pensamientos le ocasionen dolor, ansiedad o malestar?
Respuesta: ¡Sí!, ¡ya le dije que sí!...
Pregunta: ¿Cree que su vida es un caos a causa de su conducta sexual y romántica o de sus excesivas dependencias emocionales?
Respuesta: … sí.
Pregunta: ¿Cree que, haga lo que haga, su vida es cada vez más insoportable, cómo una espiral de descenso a las profundidades del caos?.
Respuesta: … … … …
Leo el pie de página: Si ha contestado a más de una de estas preguntas con un sí y considera que sus actividades sexuales, comportamiento romántico o enredos emocionales pueden ser sospechosos, consulte a un especialista.
¿En serio?. ¿Todas estas preguntas para que al final me digas esto?. No necesitaba que este decálogo de preguntas de mierda me hiciera sentir peor para darme cuenta que tengo que ir a ver a un especialista. ¿Busco a un doctor?. Lo estoy pensando. Creo que… que…
A la mierda las preguntitas y el especialista: yo llamo a algún Amigo-con-beneficios que me levante el ánimo y listo. Problema resuelto.
[Foto: Basic Instinct, de Paul Verhoeven ]

Con tanto dispositivo tecnológico formando parte de nuestra vida diaria, ¿cómo es que la ciencia moderna no inventa algo que nos advierta cuando estamos cometiendo un error?, ¿no sería práctico algún pequeño aparatito que nos indique la aproximación de una situación de peligrosidad emocional?.
Estoy en casa, viernes a la noche. Bebida espirituosa y Janis Joplin como únicas compañías. Estoy recompuesta. Estoy bien. Estoy tranquila. Estoy. Suena el timbre. Atiendo. Escudado en la frase “estaba cerca de tu casa y se me ocurrió pasar a visitarte que hace mucho que no nos vemos” hace su (re)entrada Amigo-de-un-amigo-de-un-amigo. Que débil soy, estoy vulnerable. No, soy un desastre. En un segundo tiro a la mierda todo el enojo de meses anteriores, me olvido de las estupideces que le escuche decir, del esta-todo-bien, de las promesas que me hice a mi misma, de los té de melisa, de la tilinga con la que se fue de la puta fiesta, de los muñecos Vudú que armé a su imagen y semejanza. Me olvido de todo y lo hago pasar. Este es un excelente momento para que el aparato-detecta-errores encienda la luz roja.
1 + 1 = 2... y todo termina en el dormitorio... con escalas intermedias.
Estamos acostados en la cama y Él hace eso que no hay que hacer a menos que sea en serio: me corre el pelo de la cara, me abraza (¡no me abraces, no me abraces, no me abraces!), y me dice “Que linda que sos... sabías que te quiero un montón, ¿no?”… ¡¿CÓMO?!. ¿Cómo que ME QUIERE UN MONTÓN?, ¡pasaron mil quichicientos cincuenta meses y ahora te despachas con esto!, ¿Es en serio, o es una de esas frases huecas dichas al azar?, ¿Qué te pasa?: como me vas a decir eso, así, como si fuera una afirmación repleta de eventos cotejables con la realidad, si no me diste nunca un mísero indicio de que así fuera. ¿Y toda esa pelotudez que me dijiste de “estoy disfrutando de mi soltería”?, qué, ¿ya fue?, ¿ya se te pasó?. Y las eternas semanas que pasaron sin vernos, qué, ¿no existieron?. No seas sádico. Mirame: ¿no ves que estoy con la cabeza recostada sobre tu pecho, creyéndome de tu discurso solo la parte que me gusta?, ¿no te alcanza con eso?. Ahora te vas a ir y después no me vas a llamar por quince días y yo acá, como una estúpida ilusionada, seguro voy a estar reacomodando mi ropa en el placard de casa para dejarte un cajón para tus cosas…
En medio de mis tribulaciones internas él me besa. Un beso de esos que te aproximan al abismo. Solo un beso y los límites del mundo se desvanecen. No existe nada más en ese instante.
El aparato-detecta-errores explota; y atrás me explota la cabeza... y el corazón.
[ Foto: Hellbound, de Aaron Norris ]
El primer indicio es el alejamiento del Sujeto. No vemos el alejamiento en sí, sino el síntoma: misteriosamente deja de llamar, misteriosamente pasa el tiempo y no nos encontramos, misteriosamente te deja clavada en una fiesta mientras se va con una tilinga reventada.
Luego, la desesperación y las ansias se hacen presentes, y dejamos de ser quienes somos para volvernos una Otra que solo quiere encontrar el camino para atraer nuevamente al Sujeto a cualquier precio. Comienza, entonces, la espiral de descenso caracterizada por elaboradas estrategias de “encuentros casuales”; un trabajo digno de espía de la KGB para averiguar qué está haciendo y- lo más importante- con Quién; “espontáneos” llamados telefónicos a las 3.00am; asistencia a lugares donde presuntamente se encontrará; eternas horas pérdidas frente al teléfono, al celular, al MSN, esperando que llame, que responda el mensaje que le enviaste, o solo viendo como es que está conectado y no te habla. Por ultimo, el pináculo de los desprecios: cuando te entregas a vos misma servida en bandeja y, así y todo, te dicen que NO. De ahí, no hay vuelta atrás. Adiós Amor Propio. Adiós Orgullo. Hola Fría y Cruel Verdad. Te cerraron la puerta en la cara de un portazo.
Entonces se abre camino el flagelo y la consolación: empezás a pensar qué hiciste mal, qué podrías haber hecho mejor, qué es lo que te falta, qué es lo que te sobra, por qué no quiere saber nada más con vos, si no será que él es un estúpido diplomado y no se da cuenta lo linda, inteligente y copada que sos; y un sin fin de preguntas que no tienen respuesta, y que dependen en gran medida de los sentimientos previamente desarrollados hacia el Sujeto en cuestión. Vos sabés que el deseo tiene su rostro. Vos sabés que ese deseo es el que te está consumiendo.
Pero siempre aparece un boludo que te viene con el librito y te recuerda que el deseo carece de un objeto fijo, que es la falta, que son las pulsiones y la mar en coche. El deseo es el deseo del Otro, y blablablabla. Porque Freud y Lacan no se van un poco a la mierda. Yo quiero que él me llame.
[ Foto: Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, de Jean-Pierre Jeunet ]
[ Foto: Delicatessen, de Marc Caro y Jean-Pierre Jeunet ]
Volver al ruedo amoroso implica trabajo. Conlleva altas dosis de actitud y ni hablar de que hay que “poner la maquinaria a punto”. Después de años en pareja hay algunas cosas que una olvida o simplemente- reconozcámoslo- no hacía falta hacer.
Un amigo de un amigo de un amigo me invita a una cita. Genial: él es lindo, simpático e inteligente y usa un perfume que me EN-CAN-TA (¡malditas feromonas!). Para una salida casual está bien… esta muy bien. Pero me agarran nervios. La última vez que fui a una cita estoy segura que estaba de moda Vilma Palma e Vampiros. Me miro en el espejo y me pregunto por qué no me anoté en esas clases de Pilates.
Hago todo bajo el estricto protocolo femenino: voy a la peluquería, me depilo, gasto un dineral en ropa nueva- exterior e interior-, me exfolio, me maquillo, me perfumo y salgo.
La cena transcurre bien; no nombro a mi ex ni una vez, es más: ni me acuerdo de él. El Amigo-de-un-amigo-de-un-amigo me seduce. Cualquier oportunidad es valida para que sutilmente me pase la mano por la cintura, me corra el pelo de la cara o me roce la pierna por debajo de la mesa. Yo me agarro fuerte del mantel para no saltarle encima. Finalmente me invita a su casa con un argumento paupérrimo, y yo acepto como si no supiese lo que va a pasar. Pero en el camino empiezo a pensar “¿me tendré que ir después?, ¿me tendré que quedar a dormir?, ¿querrá él que me quede?, ¿y si no quiero?, ¿y si SÍ quiero?... ¿cómo era este tema?”.
Más que Pilates tendría que haberme hecho alguna sesión de masajes reductores de inseguridades.
[ Foto: Brazil, de Terry Gilliam ]



