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Aurelia en: Que me parta un rayo


Top Secret, Jim Abrahams, 1984.

Nunca se sabe cuando se puede sufrir síntomas de abstinencia.
Me fui de viaje varios días, muy lejos, donde te congela el viento sur. Tuve que hacer dedo para ir al pueblo más cercano con Internet. Postear y cerrar. Uno no se da cuenta lo que tiene hasta que lo pierde. Incómoda, como cuando te sentás en un inodoro ajeno, me salieron los acentos del teclado chanfleados hacia el otro lado.
El lunes, esperando en la ruta, con mi post listo escrito en la libreta, me partió un rayo.
En medio de la nada: yo. Una comunión de un furioso voltaje entre el cielo y la tierra, me dejó frito el cerebro y me rostizó la carne. En algún momento tendría que haber entrado un gaucho en caballo y alzarme en brazos, pero eso a mí nunca me pasa.

Ahora creo que tengo superpoderes. Puedo ver el aura de la gente. Una vaca me habló, me miró a los ojos y me lo dijo:
-Apruuvecha este muuumentuuu de muuditación. Nnuuu te expongas. Muura en tuu interiuuur.

Me pusieron en un colectivo y me devolvieron a Bs. As.
Mi hermana que viene a ayudarme a cambiar el vendaje de la cabeza duda si lo que me pasó fue en una fiesta pasada de pepas.
Siento que este es un momento bisagra en mi vida.
De ahora en más voy a ahorrar palabras. No hablar tanto de mí.
Y que me parta otro rayo si lo que digo no es cierto.
Y que me caiga muerta ahora mismo.

Aurelia en: ni sí, ni no, ni blanco, ni negro.

"Memorias de Africa", Sydney Pollack, 1985.


Me gustaría que todo fuera tan claro como cuando era chica, parecido a ése juego de la infancia. El mundo se dividía en dos. En lo que estaba bien y lo que estaba mal.


Hacía bastante que no sabía nada de Ramiro. Un par de mensajes de texto del tono: en qué andas, preciosa? Me acuerdo cuando tiempo atrás, los hombres te llamaban por teléfono. (Suspiro) Cuánta nostalgia.

Nos encontramos en el chat una noche, yo bañada y en pantuflas. Pintó video-llamada y me puse a secarme el pelo mientras chateábamos. Tengo mucho pelo y grueso, si me voy a dormir con el pelo mojado, duermo incómoda y me da frío. Al día siguiente parezco una oveja. Entonces ahí estaba, con el secador en mano usando la cámara de espejo. Charlamos un rato hasta que me dijo que la imagen era muy fuerte, que estaba preciosa y que lo calentaba mucho. Bueno, no supe que hacer, me sorprendió, no sabía que el cabello al viento tenía carga erótica. Me preguntó: necesitás ayuda? Voy a tu casa a secarte el pelo. Era un miércoles a las 12 de la noche. Enserio? le contesté.

Sí claro, agarro la moto y en 15 minutos te toco el timbre, me respondió.

Fue tiempo suficiente para ordenar mis cosas. En quince minutos estaba en la puerta con su sonrisa encantadora. Le ofrecí algo para tomar pero no quiso: no quiero que te resfríes, me dijo. Agarró el secador y me sentó en el sillón.

Fue muy distinto a ir a una peluquería. Se tomó su tiempo, no usó peine. Los dedos me acariciaban el cuero cabelludo. Se encargaba de separar cada mechón con cuidado. Manejaba perfectamente el calor del secador, desde la raíz- podía sentir el placer del calor tibio en la piel húmeda-hasta llegar a las puntas. Sus movimientos no eran bruscos, todo lo contrario, eran muy seguros. Apagó el secador. Me dio unos masajes en la cabeza. Me relajé. Cerré los ojos. Me sostuvo las mejillas con las dos manos y me besó.


Era la segunda vez que “dormíamos” juntos. Yo como de costumbre, no pude pegar un ojo mientras estuvo al lado mío. Se fue sin desayunar, apurado, a las seis de la mañana.

Intuyo que no soy la única en la vida de Ramiro. Debería hacer lo mismo, ampliar el panorama, pero no me sale.

Creo que me puedo volver vulnerable. Me gustaría que las cosas fueran de otra manera. Supongo que alguna vez tenía que pasar, el momento en el que pesa en la balanza la idea de querer ser la única.

Mañana es 21 de septiembre, el día de la primavera. Me acuerdo de la ilusión que tenía, de empezar a dejar atrás el invierno. Hoy es el último día. Si lo de Ramiro no arranca, se terminó acá.

Tan cerquita del fin.

Musiquita de Sábado, por Oxitocina

Viernes de trasnoche e intercambio cultural. Sábados de pantuflas hasta bien entrada la tarde. Hacemos cosas raras para gente normal...


Aurelia en: Alguna vez, sin límites

"Frankie and Johnny", Garry Marshall,1991.


Alguna vez,

sentiste que no podías distinguir la línea del horizonte que separa el cielo del mar.

Alguna vez,

estuviste en el asfalto, en el medio del campo, y el calor derretía la ruta transformándola en estado gaseoso.

Alguna vez,

te levantaste tan temprano que sentiste el frío del rocío en la nariz, y la niebla se metía tanto en el cuerpo que confundías el contorno de cada paso.

De pronto estabas envuelta en un paisaje esfumado. Estirabas el brazo hacia adelante, no podías distinguir los dedos de tu mano. Sabías que estaban ahí, pero no alcanzabas a comprenderlo. Las partículas de aire mutilaban al árbol que no era más un árbol. El fondo, a la vista, un abismo blanco.

Alguna vez,

te dijo te quiero y te estaba hiriendo profundamente.

Él creía que te amaba o se engañaba diciéndolo, pero te oprimía el pecho. Cómo refugiarse en un abrazo que te asfixia. Cómo reconocer otro amor distinto a ése.

Aurelia en: Pantone de colores


Mi amigo el psiquiatra me dijo que ya sabe como viene la mano: si conoce a una chica y quedan para verse cada 15 días, la relación dura tres meses. Si da para encontrarse una vez por semana, le dura un mes.
No puedo comprender si la tiene muy clara o si es un desastre. Pero como es mi amigo, confío en su criterio.
Todavía no me puse a pensar en qué situación estoy con Ramiro, un promedio de 10 diez días, si sacamos la cuenta, casi nada. Sólo que particularmente, en este momento, no me preocupa. Quizás ya aprendí a no morirme de ansiedad, hace unos años caminaba por las paredes por cada desilusión amorosa, canalizaba tejiendo un acolchado en macramé. No sé si estoy perdiendo mi capacidad creativa o me estoy volviendo más realista. Voy a tirar una bomba atómica: creo que no busco enamorarme.
Me acuerdo hace un par de años atrás, después de una situación de angustia, cuando le dije a mi terapeuta que lo que deseaba era que "un hombre me quisiera", ser querida. Supongo que encima como me crié sin una figura paterna, eso tiene una densidad importante. Qué pasó en ese momento que sentía una tremenda falta, casi no lo recuerdo, creo que me había ido muy mal en cada emprendimiento donde había apostado el alma. No tenía con qué sostenerme. Y basta con una mirada de ésas, que te atraviesan el corazón, para volver a tener ganas de recoger los cachitos y pegarlos con engrudo.
Ahora estoy recompuesta. Me llevó un poco más de tiempo que si hubiera encontrado a esa mirada amorosa que estaba necesitando. Pero supongo que lo importante es que lo conseguí.
No siento que me falta mucho, que me hace falta nada. Puedo percibir el futuro de una amplia gama de colores posibles. Y Ramiro, por suerte, no me apura a definirlo.

Aurelia en: Fuck you!












"Carne", Armando Bó. 1968.

Me levanté con el pie izquierdo-cosa que pasa todos los días porque soy zurda- a veces no se nota, hoy sí.
Estoy caliente porque el otro día fui a una fiesta y me tocaron el culo. No me quedó otra que volver a pasar, devolvérsela y "agarrárselo". Lo que desembocó en una pelea. Supongo que el tipo aprendió como “encarar” a una mujer, o la próxima vez lo piensa antes de mandarse una cagada.
Un par de años atrás filmé un corto con gente de publicidad, estaba agachada cerrando el trípode de la cámara y el director de fotografía hizo un chiste de tono sexual. Se codeó con el jefe de producción, me señaló y dijo: "se ve que le gusta arrodillarse". No se si era una indirecta guarra del tipo que tiene ganas de cogerte o si estaba defendiendo su territorio laboral y me estaba haciendo pagar el derecho de piso a “una hembra inferior con capacidades diferentes que debería dedicarse a otra cosa”. A veces siento que me iría mejor en algunos espacios laborales si fuera torta, lesbiana. Hay algo ahí que en los machos primitivos inspira respeto o indiferencia.
Otra cosa insoportable es tomar el subte que va a Constitución después de las 18hs, por suerte casi nunca lo hago, no me imagino lo desagradable que es para las mujeres que tienen que hacerlo todos los días. Carne sobre carne. Todos los olores mezclados. Sin espacio para respirar. Donde un hijo de puta aprovecha para frotarse en tu espalda y apoyarse en tu culo.
Un verano fui a hacer unas entrevistas a unos pueblos rurales de la provincia de Jujuy, paré en casas de familias. Tenían TV por cable donde pasaban los programas de chimentos de Buenos Aires aunque me sorprendió la precaridad de los baños. Unos estaban fuera de la casa, al estilo "Ingalls", otros apenas tenían bidet, sin la tabla!!! Acostumbrada a tener todas las comodidades fue una experiencia inolvidable indisponerme en ese momento y tener que ponerme el tampón de parada. En esos lugares, los hombres consideran que acondicionar el baño es un gasto innecesario.
En Villa Fiorito, Buenos Aires, es normal ver a mujeres solas con varios hijos. Es común el abandono, se repite por generaciones. La pobreza las incapacita para viajar hasta el hospital cada mes a esperar horas las pastillas anticonceptivas y el tipo de turno es tan macho que se irrita si su pareja le pide ponerse un forro. Y así las madres niñas van reemplazando el afecto por cantidad de hijos.
Ultima anécdota humillante. Mi brújula para detectar boludos había fallado. Era un tipo de mi edad, quiero decir, con algo de experiencia, nos conocíamos hace un par de años, no nació de un repollo, tenía familia que implicaba interactuar con una madre y una hermana. Por eso no entiendo muy bien que pasó. De pronto se volvió algo loquito y me trató como si fuera la estrella de una película porno. A ver, las películas pornos son PELICULAS DE FICCION: NO SON REALES. A LAS “ACTRICES” LES PAGAN POR FINGIR QUE LES GUSTA SER TRATADAS COMO UN CACHO DE CARNE.
Las mujeres cotidianas no llegan nunca a un orgasmo si le dan matraca como en la película. Supongo que el mambo del tipo además de no saber interpretar la realidad era que también era un tanto misógino. No lo sé. Su justificación fue un tanto estúpida, que estaba acostumbrado a “las pendejas que ahora vienen descontroladas”.
Y aunque a los dos nos gustaba escuchar “La Renga” juntos, supongo que nos dimos cuenta que tenemos una manera distinta de vivir el rock and roll.

Musiquita del sábado por Lia.

...y nadie dijo que fuera algo sencillo.


Aurelia en: "Bajo el agua"

Jinete de Ballenas, Niki Caro. 2002.

Una vez quise ser buzo. Hay que hacer un entrenamiento que se puede superar si se tiene disciplina, voluntad y un poco de predisposición al ejercicio físico. Una de las tantas pruebas que hay que aprobar es aguantar sin respirar dos minutos bajo el agua.

La sensación de sumergirse es increíblemente placentera. La cabeza se moja, de pronto el fuego que arde todos los días se apaga. Puedo dejar de pensar, o lo hago de otra manera. Casi nada, me fundo líquida y floto.

Me pregunto porqué no pudimos arreglar con Ramiro para vernos de nuevo. No estoy preocupada por ahora. Quizás porque no estoy enamorada, todavía.

No se cuánto tiempo pueda aguantar haciéndome la indiferente. Como cuando en un principio aguantaba 45 segundos sin respirar, después un minuto… hasta que por control mental pude superar la prueba y llegar a los minutos necesarios. No lo pienso llamar.

Lo más lindo que tiene Ramiro es que puede crear climas de la galera. Texturados, de la gama de los azulados, tirando a los 29 grados de sensación térmica. Quiero decir que cuando estoy con él me siento como después de bañarme, envuelta en mi salida de baño.


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Esta música es la que me ayuda a aguantar la respiración.

Aurelia en: ¿y ahora de qué me disfrazo?


"Good Will Hunting", Gus Van Sant, 1997.

Soy una extraterrestre, no tengo entrenamiento en citas. Las esquivo olímpicamente. No voy a cenar ni muerta, a tomar algo tampoco. Me enfermo con sólo pensar el momento que viene la cuenta hasta arreglar el “vamos a medias” y después… qué? Nada! no pintaba nada! Encima me siento como en una entrevista laboral donde tengo que desplegar en un tiempo mínimo mis aptitudes para el puesto sin meter la pata.

Dilema:

Chateamos con Ramiro, mi ex compañero de canto, y quedamos para vernos el sábado a la tarde.

Me puse a googlear la agenda cultural buscando algún programa entretenido. “La fiesta del chancho asado con pelo” era en enero, una pena. Salió un homenaje a Soriano donde Rep pintaba un mural y pasaban la película “No habrá mas penas ni olvido”: perfecto. Lástima que me dí cuenta que era en Capitán Sarmiento, para llegar al pueblo había que tomar un colectivo de larga distancia en Retiro. Hubiera sido un lindo plan, el tema era que no lo conozco tanto a Ramiro, por ahí es insoportable como compañero de viaje, o quizás si le propongo semejante excursión de entrada le parezco una loca.

Necesitaba bajar el nivel de expectativa a cero. Hace ocho años atrás era otra mujer, más inexperta, inconciente, más lanzada, y ahora tengo el corazón hecho un colador. Antes pensaba en comerme el mundo y ahora siento que me voy a morir de indigestión si no me fijo antes la fecha de vencimiento. Voy tanteando con la punta del dedo gordo la baldosa que tengo por adelante, así me quedo tranquila de que no haya peligro de derrumbe.

Me puse las zapatillas, me calcé el bolso con el mate, y no me fui vestida para matar. Ya sé que para los hombres la primera impresión es lo que cuenta. Pero todavía no sabía si me quería acostar con él y prefiero que no se haga la idea. Se que para los tipos es un poco bajón: “se vino un escracho, me la juega de amiga”; pero es lo que hay. Si nos divertimos, quizás pueda verlo de nuevo y ahí pensaría en “producirme” un poco para dejarlo turulato.

Nos encontramos en Caminito, en el barrio de la Boca. Subimos y bajamos escaleras de conventillos charlando de la firma del contrato de Riquelme -prefiero estar haciendo otra cosa mientras hablaba con él- así mi cerebro se desenchufa y no piensa sólo en mantener una conversación. Nos detuvimos poco, quizás porque siempre encontrábamos algún lugar donde querer entrar a curiosear. Terminamos en el museo de Quinquela Martín, él se acordaba de lo mismo que yo, de "la orden del tornillo", nos sonreímos, recorrimos cada sala contemplando los distintos cuadros y subimos a la terraza. Encontramos un lugar para sentarnos y tomar unos mates. La vista panorámica hacia el puerto era preciosa, empezaba a atardecer, el sol se reflejaba en el riachuelo. Compartimos un alfajor de chocolate. El me contó que había formado un grupo que ahora estaba disuelto, yo de mi tesis inconclusa. No se cuándo empezamos a hablar de música. El sacó su mp3, cuidadosamente, me corrió el pelo del hombro. Puso un auricular en mi oído derecho, él se colocó el otro, en su oído izquierdo. Sonaba la misma canción que elegí cantar en la muestra de fin de año. El comenzó a susurrarla: “Ando ganas de encontrarte, cuánto lejos que estás de acá...” Me animé a sumarme recién en la segunda estrofa. Nuestras voces armonizaban perfectamente. Estábamos encadenados por el cable de los auriculares, congelados para que no se caigan, detenidos un instante en el tiempo, mirando hacia el frente. Las estrellas se confundían con las lucecitas lejanas de los edificios del bajo de Buenos Aires. Tan cerca del cielo, tan lejos de la tierra.


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Aurelia en: "Al respirar propongo ser quien ponga al aire que al inhalar te traiga el mundo de esta parte"


"Once", John Carney, 2006.

Fue un domingo raro. El día anterior me había acostado con un listado de cosas que tenía que terminar, de las cuales pude sólo con una. No me podía levantar de la cama. Estaba al borde de la depresión, me asusté, me vestí neutra, cuando me siento así no me va el dramatismo del negro, ni los colores brillantes; desaparezco. Me uniformé para mezclarme en la calle, íbamos todos vestidos igual.

Estaba nublado así que fui a una librería. Como una ostra con patas, me pasé media hora buscando algún libro de Caparrós. Lo busqué en la C de escritores argentinos, después me fui a periodismo, por las dudas pispié el estante de historia, hasta que en un esfuerzo sobrehumano, le pregunté al vendedor, que con un desinterés cruel, me contestó que no tenían nada. Me duelen cosas insignificantes, como la evidencia misma que una librería se convierta en un shopping. Fui ahí porque ese edificio tiene magia en los huesos, antes fue un teatro y después un cine donde iba con mi hermana a las trasnoches.

Supongo que el sillón Chesterfield ahora no alcanza, como tampoco la tarteleta de frambuesas y chocolate blanco, cuando no encontrás eso mismo que fuiste a buscar, solo sirve para pasar el rato.

Me perdí en los pasillos, buscando. Caminé por las bibliotecas, intentando recordar el nombre de la autora de “Los suicidas del fin del mundo”. Me crucé dos veces con un chico que me miró a los ojos. No entendí, era posible que me hubiera olvidado de peinarme. La tercera vez no alcancé a esquivarlo, me pregunta: ¿Vos hiciste un taller de canto? Estoy lenta, me sorprende. Agrega: No sé si sos vos, en el "Rojas", quizás es de ahí de donde te conozco. Sonrío. Sí -le contesto- un par de años atrás, “antes de Cristo”.

Ninguno de los dos se acordaba el nombre del otro. Él ahora tenía barba y ocho años más. Repasamos, cambiamos teléfonos.

Después de un mes redondo, me llama. Ayer, domingo de nuevo, a la nochecita, casi me había olvidado. Quedamos para hacer algo durante la semana, vamos viendo, por lo pronto nos agregamos en el msn, puede ser un desastre, o no, tanta ambigüedad.

Me acosté pensando en lo que me acordaba de él:

Que se ponía rojo cantando, parecía que la vena del cuello le iba a explotar. (Una onda Eddie Vedder) Recuerdo un ejercicio de respiración que nos tocó hacer juntos. Estábamos parados uno frente al otro. Nos teníamos que levantar las remeras y sentir el recorrido de la respiración del otro.

Mi mano estaba apoyada en su ombligo. Su mano sostenía mi vientre. Nos turnábamos en silencio. Sentía como se embriagaba de aire en el pecho y lo trasladaba en una lenta exhalación, buscando reubicarlo en otro lugar, hacia su centro, hacia su panza. Comenzamos a transpirar, quizás de la vergüenza. Era una sensación un tanto extraña sentir el calor de su mano en mi cuerpo, teniendo la plena conciencia del otro en la piel. Sentir el recorrido del aire en mi cuerpo y de su mano apoyada sobre mí. Observar su vientre desnudo y sentir su respiración en la palma de mi mano.

Ahora me pregunto qué es lo que él recuerda de mí.



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El video del domingo por Aurelia

“El día del niño” es una excusa para recordar momentos que nos habíamos olvidado. Si uno tiene un par de niños cerca puede intentar tirar el piolín y zambullirse en ese mundo maravilloso. Tener actitudes infantiles, como una curiosidad infinita, saber jugar, o no conocer límites, son cualidades que lamentablemente fuimos perdiendo. Si digo ahora que recuperemos el “niño interior” quedo medio mersa. Me conformo con que no le peguemos con un bate de baseball si quiere salir.

PRIMER AMOR:







Aurelia en: "Ella"


"La insoportable levedad del ser", Philip Kaufman, 1988.

Ella siempre tuvo la facultad de pensar como un hombre. Primero está el trabajo, después viene todo lo demás. La crisis del 2001 le pegó fuerte. Desde afuera hacia adentro. Estudió algo que no servía para nada, no le daba para comer y no era de mucha utilidad para los demás. Desilusionada, consiguió cualquier trabajo para sobrevivir. El problema concreto era que el país se había ido a la mierda y había mucha gente desocupada que se estaba cagando de hambre. Ella lo vio venir, lo único en que se había entrenado era en percibir la temperatura de la realidad política. Estaba al rojo vivo. Los buitres se habían repartido los despojos, ahora quedaban los restos de una matanza encubierta. Cientos de personas en la calle revolviendo los tachos de basura. Niños, mujeres y hombres con sus changuitos de supermercado caminando desde provincia en busca de la basura de la gran ciudad, separando papel y cartones para recibir 0.20 centavos el kilo. Si ella hubiera estado en esa situación, definitivamente hubiera salido a robar. Creía flaquear su dignidad, sin embargo podía sentir una profunda admiración por los “cartoneros”. Ella no era así, no tenía esperanza para seguir caminando. Tenía que hacer algo, se sumó a una olla popular para acompañar la vigilia, de alguna manera egoísta, necesitaba sentirse útil. Volvió a ir a las villas. En esa época se reencontró con Ariel un viejo conocido que estudiaba ciencias políticas. En Villa Fiorito no había agua potable, el hacinamiento llegaba hasta el río donde las napas vertían agua salada. Alzó bebes con sarna, y conoció varias familias, algunas de padres casi adolescentes con varios hijos con HIV. “Los niños acá, nacen marcados” decía Estela, la directora del jardín de infantes Pajarita de Papel. “Si no los mata la policía cuando tienen quince años los destruye el paco o se matan entre ellos. Lo único que les podemos regalar, es el recuerdo de esta etapa.” Nada parecía suficiente. Era terrible llegar a la villa y encontrar cerrado el jardín de infantes por luto.

Estuvieron dos años trabajando en conjunto con amigos. Luego cada uno siguió otro rumbo. Ella necesitaba articular con algo de lo que había aprendido.

Cuatro años después se encontró con Ariel en la entrada de un recital, un año más tarde la llamó para que lo ayudara a editar un material. Seis meses pasaron y le encargó otro trabajo. Sin darse cuenta, esa noche durmieron juntos. No sé porqué antes no se habían visto. Quizás no fue el momento. Quizás ella necesitaba tiempo para sentir que podía volver a vivir. La sorprendió la conexión con la que hicieron el amor. La ternura en la mirada de sus ojos. La manera en que le regaló su almohada. Ella sabía que él no era un hombre de los que se quedan. Siempre lo supo. A la semana siguiente se citaron en el microcentro para entregarle el trabajo terminado, era el único espacio que encontraron disponible, una mañana a las 8.30hs. El la invitó a desayunar, compartieron el diario y lo comentaron. Sus manos se tocaron entre las medialunas y el café con leche. No se dijeron nada. Se despidieron. Ése fue el último momento de intimidad.

Ella está en pasado. Pienso en ella. Que ya no es la misma. Porque no soy la misma.


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El video del domingo por Oxitocina

Nos juntamos a almorzar y entre elegir una pelicula que termine bien o que termine mal.... Nos quedamos en el medio!

Aurelia en: "Fuera de concurso"


"Amelie", Jean-Pierre Jeunet, 2001.


De día me convierto en pólvora.

De noche entro en estado gaseoso.

Me disuelvo.

Debería encontrar otro momento para escribir que no sea la madrugada del lunes.

Sería todo muy distinto.

Cada estrella me trae una pregunta. No me fumé nada. Ya quisiera. Es sólo otro estúpido desafío para encontrar respuestas.


¿Qué es la espera? Es subir a la Montaña Rusa y descubrir que es plana, sin ninguna loma.

¿Qué es la angustia? Es cuando los ojos y el corazón se anudan en la garganta.

¿Qué es la injusticia? Es la maraña del ovillo enredado.

¿Qué es la alegría? Es el momento en el que explota la piñata y llueve papel picado.

¿Qué es la calma? Es distinguir la brisa del viento.

¿Qué es la nostalgia? Es reanimar la confusión de una despedida.

¿Qué es el poder? Es subir al podio con un inmenso garrote.

¿Qué es la tristeza? Olvidarse.

¿Qué es la locura? Es el fuego azul que se cuela en la totalidad del rojo de una hornalla.

¿Qué es la ansiedad? Es un monstruo atrapado adentro de una pulga.

¿Qué es el amor?

Musiquita del sábado por Lia.

Todavía no se si voy a entrar puteando el lunes al blog o si me voy a conciliar con la humanidad.

Mientras tanto, invito a exorcizar demonios, con la reina máxima del body-shaker.


"Ahora creo que les gustaría escuchar algo de nosotros, bueno y fácil. Me gustaría hacerlo por vos.
Pero hay algo, ves? Porqué nosotros nunca, NUNCA, hacemos algo bueno y fácil?!
Siempre lo hacemos bueno, y violento.
Tomaremos el principio de la canción y lo haremos FÁCIL.
Pero llegando al final...
VIOLENTO!
-¿ Lo vamos a hacer?"



Dejé un buen empleo en la ciudad.
En donde trabajaba para el jefe noche y día.
Y nunca perdí un minuto de sueño
Pensando en la manera que las cosas
pudieron haber sido.
La gran rueda sigue girando y el
“Proud Mary” sigue humeando
Rodando, rodando, rodando en el río.
Lavé muchos platos en Memphis,
Sufrí mucho en New Orleáns
Pero nunca vi el lado bueno de la ciudad
Hasta que di un paseo por el río en un barco de vapor.
La gran rueda sigue girando y el “Proud Mary” sigue humeando
Rodando, rodando, rodando en el río.

Si tu bajas al río
Seguro que encontrarás gente que vive ahí
No tienes que preocuparte si no tienes dinero
Porque la gente del río es muy solidaria.
La gran rueda sigue girando y el “Proud Mary” sigue humeando
Rodando, rodando, rodando en el río.

Aurelia en: "Invierno"


"Stella", Sylvie Verheyde, 2008.


Recuerdo, cuando tenía 10 años y no había estudiado la lección, acostarme en la cama angustiada rezando por favor Diosito, por favor Diosito, por favor Diosito, que mañana la maestra ciruela no me haga pasar al frente. Era un pedido desesperado, ya sabía que papá Noel no existía, que los unicornios eran un invento mitológico, que el mago del cumpleaños tenía los trucos escondidos. Que no existía la magia en ninguna de sus formas. Sí, la realidad siempre fue una mierda. Y para ese entonces todavía no conocía la diferencia de ser atea con agnóstica, pero la intuía.

Además de la ola de frío, ayer llovía. Salí para el trabajo y me empapé esperando el colectivo. Por más que deseaba que viniera no llegó. A pesar de que soñaba con un espacio más calentito, la cara se me heló por el viento. Me tuve que tomar dos colectivos para no llegar tarde. Me empapé. Se me dobló el paraguas luchando contra el viento, se rompió el mango. Quedó inservible. No pude tirarlo, yo misma le había pintado unos lunares rojos con acrílico en una noche de insomnio.
Estoy perdida entre lo posible y lo inimaginable. Tengo miedo de haber perdido la capacidad de soñar. Hoy siento que necesito que seas mas concreto. Que me abraces, para que llegue la primavera.

Aurelia en: "Escrito en el cuerpo"

"Escrito en el cuerpo", Greenawey, 1997.

Tengo una cicatriz en la parte anterior del muslo. No me cocieron. Me falta un cacho de carne que el perro se manducó. Me quedó una cosa amorfa con relieve que se estira con el tiempo. Tengo una mancha en la nalga que parece un moretón. Mala puntería en la inyección de hierro. Tengo el tejido teñido por dentro. Tengo rebanado el dedo por una trincheta. Me quedó una línea más clara cuando me abrí la rodilla. Y apenas tengo una marca de varicela en la nariz. Tengo intervenido el cuerpo sin ninguna responsabilidad. Me pregunto qué heridas tendré por dentro. Hasta dónde se desparrama la hemorragia sin evidenciar la sangre.

Tengo ganas de hacerme un tatuaje. No me decidí antes porque no quería que fuera algo superficial. Crecí con la cursilería del Principito, de lo “esencial es invisible a los ojos”…y todavía lo creo. Siempre tuve rechazo por la simple ornamenta. Raro, porque acostumbro a dibujar en las paredes. Supongo que me olvidé que yo también era parte del mapa. No me contaba como un territorio.

Los hombres primitivos solían pintar un Mamut, como una proyección mística a su deseo de caza. El “homo arcaico” se convierte en “homo sapiens”, cuando comienza a pintar las vasijas, sin ningún otro motivo que el estético. La creación estética es su primera manifestación de inteligencia.

El otro día me enterré en el subte atrapada en el hacinamiento del las 18hs, y me quedé prendida observando a una anciana. Su cabello plateado estaba finamente peinado hacia atrás, enroscado en un rodete donde cerraba con una margarita africana. Su belleza era hipnótica, desde la simpleza del saber estar. Unos días después me pinté las uñas de las manos de verde y fucsia. Quería los colores del arco iris, que cada uña reflejara un sol, pero me tuve que conformar con lo que encontré en el mercado. Quizás es complejo descubrir la manera de expresarse fuera de las tendencias de belleza de las revistas femeninas. O de las otras revistas donde se explota el cuerpo de una mujer prefabricada artificialmente.

Supongo que cada vez es más difícil conectarse con algo natural. Pretender que somos parte de la naturaleza cuando vivimos en una jungla de cemento bombardeados de imágenes listas para el consumo.

Ahora sé que quiero una pequeña constelación en la espalda. Que recorra el omóplato hasta envolver el hombro. Distinto a una cicatriz, pero con la misma fuerza que marca la regeneración constante. Quiero recordar que soy una pequeña parte del cosmos. Y lo quiero dibujado, con estrellas, en una parte de mi cuerpo.


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Aurelia en: "De amor y otros demonios"


"Naked", Mike Leight, 1993.


No tuve una buena semana:

Pasado pisado:

Fui la única responsable de mi fracaso. Estaba tan pesimista como si me acabara de morfar un sandwich vencido de Leberwurst Nichtecheano y roquefort Sartreano. Vomité hasta sentir la bilis en la lengua. Me gustaría echarle la culpa al perro que no tengo, a mi padre que murió cuando empezaba a caminar o a mi madre que enfermó de cáncer cuando vine a Buenos Aires. Pero están muertos. No tengo a quién porque soy huérfana.


Presente instantáneo:

Tengo anemia, quizás sea la fuerza centrípeta que me empuja al suelo. De pronto se pincha el globo y Argentina pierde. Justo ahora que remonto vuelo. Consuelo me dice: Inventáte un universo paralelo donde Argentina gana el mundial.

Arremeto: "Mascherano la toca para Messi, lo encierran tres alemanes, se abre y pisa la pelota para Tévez, Tévez da pelea a Klose que le tira el cuerpo, Tévez es más que el alemán, pelotazo a Higuain que está habilitadooo!!!! se para y GOOOOOOOL! Higuain la clava en el ángulo derecho y la rompe. Ni siquiera se acomoda! Pelotazo de Higuain! Los alemanes lloran!"

Messí la mete en el segundo tiempo. Festeja el gol con Maradona. Las dos potencias salen corriendo a su encuentro: "Al fin moja el pibe! Messi se le cuelga a Maradona haciendo el Koala. Se dan un pico. Si señores cuánto amor! se destrozan la boca! Qué festejo!!! Maradona le toca el culito al hijo pródigo." Ahora sí está definido el partido. Podemos respirar. Los alemanes se deprimen asqueados. La Argentina le gana a Alemania dos a cero y se gana el merecido boleto a la semifinal.

A pesar de remarla con las chicas, el sábado deambulamos como zombies.


Futuro descompuesto:

Tendría un nuevo amigo que me quemaría el cerebro. Él sería más fabulador que yo. Alcanzaría a comprenderlo, demasiado, naturalmente. Supongo que le quedaría bien esta canción:


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La verdad duele y por este momento de lucidez, sería capaz de enfermarme.

El video del domingo por Aurelia

sin necesidad de hablar...

A Thousand Words from Ted Chung on Vimeo.

Aurelia en: La magia del facebook

"La ventana indiscreta", Hitchcock.

Tengo un inconveniente. No tengo ninguna novedad con el tema de la oxitocina. Así que te hablo del partido de ayer y como le daría matraca a Tevez (Sí: fue posición adelantada. No: tampoco entendí porqué Diegote te sacó en el segundo tiempo). O mejor, te miento descaradamente.

No, prefiero la honestidad brutal, para eso me convertí en psicópata -cualquier duda sobre mi enfermedad preguntar por interno en el facebook- Así que... me detuve pensando en esa ilusión que es el estado de enamoramiento. Ese engaño maravilloso. Dicen que uno proyecta en la persona que ama cosas que a uno le faltan, de ahí la sensación de complitud. Ilusión, proyección y magia. El cine comenzó así, Melies fue actor, director de teatro y mago, sus películas se presentaban en el circo como un acto de magia. El fue el primero en crear trucos con algo que se parecía mucho a una cámara fotográfica. Y así estamos ahora, en la era del facebook. Desparramando fotitos y contando la historia de nuestras vidas. De apoco te muestro esto, te cuento que música me gusta, que veo, que leo, que pienso. Te la cuento a vos que me gustó tu perfil, a mis amigos, a ese amigo de un amigo, a un excompañero, a un pariente lejano, a cualquiera que se asome a "la ventana indiscreta". Y en realidad me pregunto si necesito un auditorio. Pienso que siempre me gustaron los álbumes de figuritas, intercambiar las que me faltaban en el recreo, adornar las agendas, dibujar en los diarios. Y no, claro, esto no sería lo mismo si no sintiera curiosidad en lo que te gusta a vos. Porque definitivamente, esta es una historia que podemos construir en conjunto. Juntos.


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